Tomado del NY Times
“Batman no tiene límites”, dice Bruce Wayne casi al principio de Batman: El Caballero de la Noche, y es probable que los contadores de Warner Brothers, estudio que lanzó la película, estén de acuerdo. Yo no estoy estaría tan seguro.
La cinta, elogiada por los críticos por sus temas sombríos y sus elevadas ambiciones, ha demostrado ser una fuerza imponente en las taquillas en un verano ya dominado por superhéroes de diversos tipos. Sin embargo, cualquier fan de los comics sabe que un héroe en el apogeo de sus poderes está a unos cuadros de un peligro mortal, y que la arrogancia suele provocar que surjan enemigos de las sombras. ¿Están el hombre murciélago y sus colegas deleitándose en un interminable verano de triunfos, o ya van de salida?
La temporada comenzó en mayo con Iron Man: El Hombre de Hierro, que se adelantó a El Caballero de la Noche. El primer fin de semana de julio perteneció a Hancock, que jugó con el arquetipo del superhéroe al hacerlo un borracho gruñón y desaliñado en lugar de un científico brillanteo un elegante multimillonario.
Hasta la mediocre Hulk: El Hombre Increíble, en junio, logró tener un estreno sólido. Desde el éxito de Spiderman, en el 2002, esta década ha sido una época dorada para las películas de acción a gran escala en las que aparecen figuras en trajes de alta tecnología que luchan contra despiadados genios criminales. Algunas de las cintas están conformes con ser productos entretenidos, pero la mayoría aspira a ser algo más, a ser tomada tan en serio como los héroes y los villanos se toman a sí mismos.
Ha habido decepciones: la Hulk de Ang Lee, en 2003; Superman Regresa de Bryan Singer; la tercera entrega de la serie de X-Men, dirigida por Brett Ratner, pero casi no han lastimado el poder del género.
Aun así, tengo la corazonada, y quizá la esperanza, de que Iron Man, Hancock y El Caballero de la Noche representen un apogeo, con lo que no sólo me refiero a un nivel de calidad e interés inalcanzado antes, sino también el inicio de un descenso. A sus muy diferentes modos, estos filmes descubren los límites inherentes al género de los superhéroes en su estado actual.
Estoy dispuesto a admitir que El Caballero de la Noche es de lo mejor que una película de su tipo puede ser. No hay duda de que Batman le dio a Christopher Nolan una plataforma para sus ambiciones artísticas. Uno no puede proponerse hacer un thriller psicológico y esperar algo parecido al presupuesto de 185 millones de dólares que Nolan tuvo a su disposición.
Pero hay reglas, convencionalismos a los que ninguna película de este tipo puede escapar. El clímax debe ser una lucha contra el villano, durante la cual la simbiosis del bueno y el malo debe ser expresada. El final debe aludir a una secuela, y se debe mantener un aura de trascendencia moral incluso al tiempo que se multiplican los asesinatos, las explosiones y las persecuciones.
Toda buena película de género explora las zonas de libertad dentro de los parámetros. Iron Man afloja las riendas para darle a Robert Downey Jr. el espacio para explorar las manías e idiosincrasias de Tony Stark, el casanova multimillonario y genio que crece y se construye un traje de metal. Y Hancock toma el engreimiento de un héroe relajado y lo convierte en ocasión para una mordaz sátira acerca de las razas, la fama y el presunto encanto universal de su estrella, Will Smith.
En ambos casos, en cuanto el personaje principal está listo para la batalla, desaparece la originalidad, y los imperativos comerciales toman el control.
Los héroes enmascarados y encapotados deben generar grandes ganancias a nivel global y satisfacer a un público sediento de la emoción de lo novedoso y la comodidad de lo conocido. ¿Soy yo, o ya se comienza a sentir el esfuerzo?
